Estaba sumido en la oscuridad.
Mi cuerpo yacía desvanecido
como si la vida me hubiese abandonado.
De las sombras de la noche
una luz apareció entre las cortinas
que no dejaban ver más allá de mi celda.
Esa luz en verdad eran tus ojos
que me hicieron ver por primera vez.
Sentí tus manos que me rescataban
y ya, con tus labios junto a los míos,
juré que el valle donde ahora estamos
nunca lo abandonaría.
Somos la luz y la noche.
Somos el mar y la tierra.
Somos dos navegantes en un rio
que jamás acaba.

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